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jueves, 15 de octubre de 2026

Maupassant en Chile (I)


Estoy atravesando un período Maupassant.

Leo, pues, el cuento En el mar, en la traducción de Andrés Bello (Ximena Garcés Barros, 1982), que comparo con la traducción de Quimantú (no atribuida, 1973). Dejo intencionalmente fuera cierta información y esbozo su argumento:

Durante una tempestad, un pescador del Canal de la Mancha queda con el brazo atrapado entre un mástil (cuyo nombre marinero omito) y una soga (cuyo nombre marinero también omito). Su hermano, capitán del barco, se niega a cortarla porque, si lo hace, las redes se hundirán en el mar y estas valen 1.500 francos. Tras ciertas maniobras náuticas, finalmente consiguen liberarlo, pero el brazo ya está destrozado. Los marineros le prestan los primeros auxilios: le hacen un torniquete con una cuerda y le echan agua salada en la herida. Al día siguiente, para prevenir la gangrena, el herido no encuentra nada mejor que amputarse el brazo con sus propias manos. Llama la atención su entereza: no chilla ni se lamenta, sino que se queda sentado en cubierta, sobre las velas plegadas, pensativo. De regreso al puerto, recupera el brazo que había guardado a bordo y manda construir un pequeño ataúd. La tripulación asiste al funeral; el sacristán lleva el cadáver bajo la axila. En adelante, cada vez que le preguntan por el accidente, el manco repite que su hermano prefirió la red antes que su integridad.

Di por supuesto desde el principio que las traducciones serían diferentes (circunstancia que habilita la comparación); lo que no esperaba era encontrar un pasaje en el que ambas traducciones sacaran chispas de tan contrapuestas. El pasaje aparece después de que el menor de los Javel se corta el brazo. Ocurre que, contra la propuesta de su hermano de tirar el brazo por la borda, decide conservarlo. A un marinero se le ocurre guardarlo en un barril de salmuera, tal como se hace con el pescado. A todos les parece una buena idea y siguen echando pescados sobre la extremidad amputada. Entonces, uno de los marineros hace un chiste y el narrador describe el efecto que produce en la tripulación:

En la traducción de Andrés Bello:

—Siempre que no lo rematemos con la pesca.

Y todos rieron, incluso los dos Javel.

En la traducción de Quimantú:

—Podríamos subastarlo con lo demás.

Y todo el mundo rió, excepto los dos Javel.

Me tomó un ratito descubrir cuál de las dos traducciones era la infiel. No revelaré los resultados de la pesquisa, pues estoy casi seguro de que quien se interese obtendrá una pequeña alegría investigando por su cuenta. Además, la fidelidad a la letra no es determinante para los fines —menos claros, me temo— a los que quiero encaminar este texto.

Alone y Jobet

Antes de seguir, quiero hacer una escala en la crítica nacional. En verdad todo es nacional aquí, porque mi momento Maupassant es, más precisamente, sobre Maupassant en Chile, sobre leer lo que queda de las ruinas de mi biblioteca, en casa de mis padres, en el campo, en el que viene siendo el peor año de mi vida. Todo es chileno acá. Pero en fin, partamos por Alone que, en su prólogo para la antología de Andrés Bello, cita a Stefan Zweig: Maupassant posee un sentido de la medida casi sobrenatural. Con diez rasgos crea un tipo… Cada una de sus líneas es concisa e inmutable. A su vez, Jorge Jobet, en el prólogo de la edición de Quimantú, señala: Maupassant era un trabajador metódico y responsable (…) Apenas una que otra tachadura recarga sus originales, hecho que revela la acuciosidad que ponía en su labor y la posesión previa del tema respectivo. En pocas palabras está definido el personaje y descrita la escena.

Se aprecia, pues, una gran coincidencia entre los prologuistas respecto a la economía de medios, es decir, de palabras, como un rasgo digno de admiración en el autor. De lo anterior se sigue que, en el universo maupassantiano, cada palabra cuenta. Además, al ser muy breves sus trabajos, cada palabra representa un porcentaje bastante importante de cada trabajo. Tal vez sea un error, pero igual diría que es como si una palabra en un cuento de Maupassant tuviera más significado que una palabra en Madame Bovary.

Análisis pseudoformal

La discrepancia entre las traducciones, sea cual sea la fiel, invita a plantearse algunas disyuntivas:

a) ¿El chiste es el de vender el brazo junto con los pescados o el de no hacerlo?

b) ¿Que toda la tripulación se ría del chiste o que se ría toda menos los hermanos Javel?

c) Por último, supongamos que le preguntáramos al fantasma de Maupassant —que obviamente no recuerda el cuento porque lo escribió hace mucho— cómo quedaría mejor su obra: ¿qué esperaríamos escuchar?

Lo divertido de responder preguntas como estas, creo, radica en que cualquier respuesta que demos (o que dé el fantasma de Maupassant, si saliera bien lo de la ouija) se fundará en una pequeña teoría literaria sobre el cuento que quisiéramos: el cuento más fiel al espíritu del autor, el más conforme al gusto del propio, el más coherente con el conjunto de la obra, el más cercano a los postulados de la escuela naturalista, el más políticamente incorrecto, etcétera.

A mí me gusta la broma de la traducción de Quimantú (Podríamos subastarlo con lo demás) porque me parece más cruel. Prefiero, en cambio, la reacción de la traducción de Andrés Bello (Y todos rieron, incluso los dos Javel), no solo porque reírse de la propia desgracia me parece una actitud estupenda, sino también porque la risa compartida de los hermanos —que, por supuesto, serían dos risas completamente diferentes— añade al texto capas de sentido, contradicciones y problemas que la alternativa del silencio compartido —dos silencios parecidos como hermanos— no aportaría ni por lejos.

jueves, 20 de agosto de 2026

Los perros jadean


Narrada en primera persona, indirecto libre, temporalidad no lineal, planos de realidad inestables e incorporando materiales propios del surrealismo, la novela de Garib alcanza, por fecha, a situarse entre las obras más innovadoras de aquella década extendida: 1957 a 1972. Llega, eso sí, a la zaga de Droguett y Donoso.

Festín para inválidos (Quimantú, 1972) trata, a grandes rasgos, de las tribulaciones amorosas, laborales y médicas de un oficinista. Forzando un poco la lectura, la obra podría entenderse como una suerte de manuscrito que el narrador va escribiendo, muy en la línea de su modelo obvio: Memorias del subsuelo de Dostoievski. Pero el caso es que, a diferencia de Memorias, no queda claro que la novela sea realmente una escritura en marcha. El narrador no dice "estoy escribiendo". Se desperdicia así la oportunidad de exhibir un dispositivo de mediación narrativa que ligaría la novela al mundo de la vida.

El héroe de Festín abunda en frases inteligentes, juegos de palabras, imágenes esperpénticas, gordofobia, misoginia, individualismo, esnobismo y desprecio por todas las clases sociales. Terminé con la impresión de que el autor se la pasó mucho mejor escribiendo de lo que yo me la pasé leyendo.

Solo copiaré un pasaje buscando ilustrar lo del desprecio: “A diario observo el trajín de las calles, a la masa humana uniformada, adocenada, deslizarse por los caminos como autómatas, hechos en una misma máquina, en un mismo molde, bajo la aleación muy conocida de: imbecilidad más sumisión. Ni el más mínimo gesto de malestar. Quietitos y ordenaditos, mantienen los ojos bajos y la boca cerrada, para no ofender al pudor, marchan al redoble de un tambor de sonido monocorde, monótono. ¡Plan... plan... plan! Si alguien bosteza, todos bostezan. Si alguien se detiene, todos los imitan en los más mínimos gestos, como asimismo al saludar. "Buenos días". Y se inclinan más de lo previsto. ¡Bisagras desgraciadas! No hay salvación posible, irremediablemente llegará la condena.”

No sé si al lector, pero a Lenin esto le sonaría a derrotismo contrarrevolucionario (y fragmentos como este hay montones). Sin embargo, la izquierda literaria de la época recibió la novela con entusiasmo, viendo en su protagonista a una especie de paladín de la rebelión contra el trabajo alienado. Nada más mirar la portada uno se entera de que ganó el Premio Nicomedes Guzmán 1971. A propósito, una curiosidad: encontré un recorte de prensa que, entre otras cosas, denuncia los contratiempos del autor para cobrar el premio. 


En fin, no quiero que esta crítica termine sin un necesario acto de justicia. Escribe Garib en la página 63: “el can se había guarecido debajo del banco y asomaba de vez en cuando su hocico -con gotitas de sudor cristalino en los pelos de sus narices (...)”. Pues bien, los perros prácticamente no sudan: en vez de eso, jadean.


Maupassant en Chile (III)

Dos apuntes sobre política y biopolítica en Bola de Sebo (Soluciones Escolares, Santiago, 1995). -Cornudet es el personaje izquierdista de ...