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jueves, 20 de agosto de 2026

Los perros jadean


Narrada en primera persona, indirecto libre, temporalidad no lineal, planos de realidad inestables e incorporando materiales propios del surrealismo, la novela de Garib alcanza, por fecha, a situarse entre las obras más innovadoras de aquella década extendida: 1957 a 1972. Llega, eso sí, a la zaga de Droguett y Donoso.

Festín para inválidos (Quimantú, 1972) trata, a grandes rasgos, de las tribulaciones amorosas, laborales y médicas de un oficinista. Forzando un poco la lectura, la obra podría entenderse como una suerte de manuscrito que el narrador va escribiendo, muy en la línea de su modelo obvio: Memorias del subsuelo de Dostoievski. Pero el caso es que, a diferencia de Memorias, no queda claro que la novela sea realmente una escritura en marcha. El narrador no dice "estoy escribiendo". Se desperdicia así la oportunidad de exhibir un dispositivo de mediación narrativa que ligaría la novela al mundo de la vida.

El héroe de Festín abunda en frases inteligentes, juegos de palabras, imágenes esperpénticas, gordofobia, misoginia, individualismo, esnobismo y desprecio por todas las clases sociales. Terminé con la impresión de que el autor se la pasó mucho mejor escribiendo de lo que yo me la pasé leyendo.

Solo copiaré un pasaje buscando ilustrar lo del desprecio: “A diario observo el trajín de las calles, a la masa humana uniformada, adocenada, deslizarse por los caminos como autómatas, hechos en una misma máquina, en un mismo molde, bajo la aleación muy conocida de: imbecilidad más sumisión. Ni el más mínimo gesto de malestar. Quietitos y ordenaditos, mantienen los ojos bajos y la boca cerrada, para no ofender al pudor, marchan al redoble de un tambor de sonido monocorde, monótono. ¡Plan... plan... plan! Si alguien bosteza, todos bostezan. Si alguien se detiene, todos los imitan en los más mínimos gestos, como asimismo al saludar. "Buenos días". Y se inclinan más de lo previsto. ¡Bisagras desgraciadas! No hay salvación posible, irremediablemente llegará la condena.”

No sé si al lector, pero a Lenin esto le sonaría a derrotismo contrarrevolucionario (y fragmentos como este hay montones). Sin embargo, la izquierda literaria de la época recibió la novela con entusiasmo, viendo en su protagonista a una especie de paladín de la rebelión contra el trabajo alienado. Nada más mirar la portada uno se entera de que ganó el Premio Nicomedes Guzmán 1971. A propósito, una curiosidad: encontré un recorte de prensa que, entre otras cosas, denuncia los contratiempos del autor para cobrar el premio. 


En fin, no quiero que esta crítica termine sin un necesario acto de justicia. Escribe Garib en la página 63: “el can se había guarecido debajo del banco y asomaba de vez en cuando su hocico -con gotitas de sudor cristalino en los pelos de sus narices (...)”. Pues bien, los perros prácticamente no sudan: en vez de eso, jadean.


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