El primer impulso narrativo se consigue a partir de causalidad: Francisca, acompañada de Andrés, su marido, hace parar un taxi, se despide de él y sube sola. ¡Y resulta que el taxista conoce al marido de los viejos tiempos! En una conversación que trasciende la típica cháchara del rubro techo amarillo, el taxista revela inocentemente a Francisca que su marido estuvo casado con una bailarina llamada Inés y que había tenido un hijo con ella. La información cae como una chispa en el pasto seco de su matrimonio infeliz y sin hijos y, a partir de aquí, se dispara la trama, por así decirlo, policial de la novela: Francisca comenzará una afiebrada pesquisa siguiendo las pistas que la llevarán a descubrir el oscuro secreto que oculta su marido. La distribución asimétrica de la información de la que dispone cada personaje en relación al enigma de fondo permite a la autora lograr un puñado de pasajes cargados de tensión. Trenzada a la anterior, coexiste otra trama medio existencial, medio psicoanalítica, medio esotérica: la inmadurez, el desgaste de la vida matrimonial, la nostalgia de los tiempos pasados, el tedio vital y la fantasmagórica solución que se inventa la protagonista para afrontar estas tribulaciones: la elusiva figura del “otro”.
Toda la acción se desarrolla en el ambiente, por así decirlo, moral y material, de la clase alta santiaguina de finales de los setenta. No insistiré en una obviedad: esto tiene un significativo valor documental.
*
La trayectoria literaria de Elena Aldunate invita a detenerse en la proliferación de alusiones cifi presentes en esta obra ajena al género (conté 17). Copio y pego 3 de ellas:
“El teléfono público inunda de luz pálida la esquina entre la bifurcación de las calles Vespucio y Vitacura, ofreciendo ayuda inmediata. Su forma habla de escafandra espacial. Su forma habla de escafandra espacial, de tragamonedas, de futuros robots de uso doméstico. Emblema actual de lo más inherente al hombre, la palabra. Hitos que marcaron el comienzo de otra era.” (p. 194)
“Solo de vez en cuando, desde el fondo de una ventana, el cuadro azulino del televisor da, al que lo mira de repente, la absurda sensación de que en aquella casa, en aquel departamento, ha entrado un invasor, un extraterrestre que mantiene prisioneros y en silencio a los humanos que allí están.” (195)
“-Oye, Verónica, ¿tienes prejuicios raciales? O es que te dan miedo solamente… A mí me habría gustado conocer a un hombre de cada raza: un negro, un chino, un ruso, y, ¿sabes?, un astronauta. Deben ser fascinantes esos héroes del espacio. ¿No crees?” (p. 92)
En lo que a mí concierne, cada novelista tiene perfecto derecho a explotar el filón metafórico del que disponga, pero igual es llamativo cuando le dan tanto a lo mismo. Me recordó a Ford Madox Ford, cuya literatura parece el Arca de Noé. Puede que venga a cuento apuntar aquí algo que dijo sobre la crítica literaria: que solía parecerse a alguien que recrimina a un cumplido jabalí verrugoso por no ser un buen elefante. Terminando este paréntesis cifi, solo quiero anotar que la 1ra y 2da son citas a la narradora y la 3ra, a la protagonista. Es frecuente que la voz del narrador se infiltre en la de los protagonistas, pero como que me da suspicacia. No sé decir si solo comienzo a desconfiar de su fiabilidad o si además se me empieza a pasar el efecto de la suspensión de la incredulidad.
Creo que es justo introducir un dato contrafactual respecto a lo dicho antes sobre el lugar de la cifi en la obra: ¡un auténtico momento nerudiano!
“Al pasar, almuerzan erizos en la hostería de la Isla Negra.
¡Erizos! Aquel molusco erizado y blando, granulado, cremoso y agresivo, llena la boca de Francisca de oscuras ansias. Sexo naranja y marino. Sabor varonil con suave textura de mujer. Caparazón ornamentado, pequeña obra maestra de sirena septentrional.”
Me queda la última digresión. Cito una reflexión íntima de la protagonista: “Para que la trampa no se note y la civilización se ría de la tierra hay un mundo vegetal que cada día pierde más terreno. Lo malo es que el cemento fragua rápido y un arbolito demora años en dar sombra… “(p. 92)
Ahora un pasaje que combina teoría y práctica:
“-Mira, yo por ningún motivo cortaría ese árbol. (…)
Francisca pone sus manos en la rugosa corteza y siente en el latir de esa vida centenaria la súplica vegetal. Es el su derecho a la vida, como es el derecho de ella, de salvar su matrimonio. Sin saber por qué, la textura de ese tronco le recuerda oscuramente una presencia masculina… y es una mujer la que piensa matarlo. Mira hacia abajo, imaginando los miles de insectos que se refugian en él; mira hacia arriba y siente volar los pájaros que van construyendo nidos donde polluelos feos e indefensos esperan que sus alas crezcan. Hay un polluelo humano en su vientre que espera hace tanto tiempo… la sombra frondosa le acaricia las manos, calmando su angustia. ¡No permitirá que lo corten!” (p. 94)
En estos y otros pasajes reconocemos a la burguesía espiritual, hippie chic, New Age, tan vigente hasta nuestros días, tan objeto de meme.
*
En la arista policial: a) que Andrés sí estuvo casado con Inés; b) que Inés estaba esperando guagua; c) que Inés murió al caer de la escalera durante una pelea con Andrés; d) que Andrés afirma que se resbaló, que él no la empujó.
En la arista esotérica: que el “otro” de Francisca es obra de su activa imaginación. Se trataba de la personificación de Andrés del pasado, de cuando era más idealista, no tan trabajólico y parecía más enamorado.
THE END: Francisca le cree a Andrés lo del accidente y le confiesa el asunto del “otro”. Él comprende. Se abrazan. Lloran. Etcétera.
*
Francisca y el otro es claramente literatura de derecha. Sí, ¿pero en qué sentido?
Desde el punto de vista del tema y su tratamiento, diría que la novela se sitúa en una suerte de realismo social inverso, uno que busca reafirmar en lugar de impugnar el entorno social que representa. Ahora, en su aspecto formal, la novela me parece incluso más de derecha. Me explico. Creo que, en términos de atribución política, la concepción y recepción de la novela realista suele atender únicamente al contenido que llena el molde, desentendiéndose vastamente del molde en sí mismo. Simplificando, una obra que aborde el lado humano de un alto ejecutivo que lo pierde todo sería de derecha, mientras otra sobre trabajadores alienados de un mall que deciden boicotear la producción sería de izquierda. Hasta aquí las diferencias, ya que ambas obras estarían muy bien escritas, serían publicadas por editoriales del mismo holding, el periodismo cultural las recibiría con interés equivalente y convivirían una al lado de la otra en las vitrinas de las más prestigiosas librerías. En lo que a mí respecta, ambas obras son igualmente conservadoras y, estéticamente, es decir, políticamente, complacientes con el statu quo literario. Todo lo dicho puede ser predicado de Francisca y el otro, novela que, en términos de Ford Madox Ford, no es un muy buen elefante, ni tampoco un buen cerdo verrugoso, como sí lo son otras obras contemporáneas. Pienso en Lumpérica (1983) de Diamela Eltit.
Un apunte suelto: por su trayectoria, Elena Aldunate ha sido llamada La dama de la ciencia ficción chilena. Cabe preguntarse entonces qué es la ciencia ficción o, si se quiere, qué es la ciencia ficción chilena. Mi respuesta: no mucho más que el molde de la novela realista llenado con robots, alienígenas o máquinas del tiempo escritas en lengua vernácula.
Levantando la vista del del texto impreso, juzgo que sacar un libro así, el año 81, no solo es frívolo: es derechamente inmoral y sitúa a su autora en el radio de aquellos a los que Piñera denominó cómplices pasivos de la Dictadura. No creo estar exagerando. Termino con esto: en un pasaje el matrimonio viaja a la playa. Es una romántica escena de carretera: él conduce, ella contempla pensativamente el paisaje. Entonces, al llegar a Tejas Verdes, ella le cuenta una anécdota automovilística del padre en la que este, cruzando el puente sobre el río Maipo, se topaba de frente con otro vehículo que le cortaba el paso. Ambos conductores se bajan encolerizados. El padre “(…) levantó las manos como si tuviera dos revólveres y gatillando gritó: ¡Pum, pum…! Te maté primero.” Francisca sigue contándole al marido: “Con esta salida, quedaron íntimos amigos. ¿Y sabes quién era? El doctor Murillo.” (p. 162) ¿Podría desconocer Elena Aldunate que precisamente en Tejas Verdes funcionó un campo de prisioneros políticos? ¿Que allí se torturó y ejecutó a personas? Tal vez sí, tal vez no. De todos modos, me la imagino como una mujer de mundo, alguien que perfectamente podría haber leído de Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile de Hernán Valdés, publicado en 1974, en España, por editorial Ariel. Si no lo hizo, no es para aplaudirla tampoco.

